sábado, 9 de julio de 2022

La forja de un rebelde: (III) La Llama, de Arturo Barea

Tercer tomo y último de la trilogía. Empieza con una mudanza familiar al pueblo de Novés, y acaba con la salida de Francia de Barea y su pareja tras haber huido en los últimos episodios de la Guerra Civil Española.

Curiosamente, siendo el libro que trata pasajes más dramáticos para el escritor, su lectura no me ha llegado a llenar como los tomos anteriores: probablemente, porque conocía con antelación la historia que cuenta. Hay cosas comunes: las mismas faltas lingüísticas y los mismos personajes arquetípicos, tan perfectos en su perfil que parecen personajes de juegos de rol, por ejemplo. También el episodio de Novés suena extraño: mover a la familia en bloque a un pueblo de Toledo sin ningún arraigo previo, manteniendo el trabajo en Madrid, a más de dos horas de transporte penoso, no parece una decisión racional. Cierto es que así se le simplificaban las cosas a Barea con su amante, pero, igual que hay personajes tallados a medida, la historia de la familia en Novés parece creada para explicar cuál era la dinámica social en cualquier pueblo de España en esos años. En todo caso, se podría considerar veraz y, de ser cierta al cien por cien, sin duda demostraría que la mecha del conflicto estaba ya prendida casa a casa, localidad a localidad.

El relato se vuelve frenético, acuciante, tanto en el comienzo del conflicto en julio de 1936, como en la defensa a la desesperada en Madrid en noviembre, tras la huida del gobierno a Valencia. Hay una pulsión especial en contar estos acontecimientos en primera persona, con la credibilidad y la memoria de haber sido parte de ellos, de haberlos vivido en sus carnes. Aunque conocía de sobra los eventos de aquella  defensa numantina e improvisada, sólo en esta obra he percibido el milagro de heroísmo, azar y voluntad colectiva que fueron aquellos momentos.

Cuando Barea brilla más como escritor es describiendo sus penosos días en el edificio de Telefónica como censor de la prensa extranjera en Madrid, y su enamoramiento de Ilsa Kulcsar, que le acompañaría en el exilio y se acabaría convirtiendo en su segunda mujer. Hay pasajes de introspección psicológica que, aunque desesperan porque ralentizan la acción en pasajes intensos, muestran un escritor más maduro, con más recursos y mayor expresividad.

Otro aspecto de la guerra que conocía era la toma del control de los resortes internos del gobierno por el partido comunista, especialmente por los comisarios enviados por la Unión Soviética, en la segunda mitad de la guerra. Mi opinión es que Negrín asumió esto como un mal necesario para contar con los recursos soviéticos y la estructura que proporcionaba a las fuerzas militares republicanas; se trataba de  aguantar a toda costa para llegar hasta la gran Guerra, inexorable, que iba a involucrar a todas las potencias europeas. Una apuesta que no tuvo éxito, como sabemos. El caso es que, con esa toma de control, tanto Arturo como Ilsa caen en desgracia dentro del aparato del gobierno, y viven una serie de difíciles circunstancias que les hacen viajar a Valencia y a Alicante, primero, y exiliarse a Francia y a Inglaterra, después.

Hacía tiempo que tenía pendiente leer una historia personal sobre la Guerra Civil, y Arturo Barea me la ha brindado, junto con muchos precedentes históricos de este país en las décadas previas a través de su autobiografía. Su relato es transparente: las opiniones personales del autor son claras, y no busca convencer ideológicamente al lector. Por todo ello: gracias, don Arturo. Y pensar ya en la siguiente obra sobre nuestra Guerra: puede que Max Aub sea el siguiente elegido.


sábado, 18 de junio de 2022

Las sombras de la mente, de Roger Penrose

A veces hay que saber dejar un libro. Aunque te esté gustando, aunque sepas que te puede ofrecer algo más de lo que has obtenido hasta ahora, aunque muchas cosas buenas estén por llegar... pero, sencillamente, hay un punto en el que no tiene sentido continuar.

Y esto es lo que me ha pasado con esta abrumadora, intelectualmente masiva, inabarcable obra. Roger Penrose es un físico, matemático y filósofo inglés de prestigio mundial. Por sí mismo ha hecho avanzar campos como el álgebra, la física teórica y la astronomía. El trabajo y los resultados de Stephen Hawking descansan en los progresos de Penrose en estos campos, por ejemplo.

La propuesta de Penrose acerca de una comprensión científica de la consciencia descansa en dos hechos iniciales:

  • El teorema de Gödel, lato sensu, afirma que ninguna teoría matemática formal es a la vez consistente y completa. Es decir, si los axiomas de dicha teoría no se contradicen entre sí, entonces existen enunciados que no se pueden probar ni refutar a partir de ellos. Esto tiene relación con la computabilidad de muchos problemas matemáticos, esto es, sobre la capacidad de una máquina para poder resolverlos. Sin embargo, a pesar de que sabemos que nuestro pensamiento matemático va más allá de un sistema consistente y completo, y de lo que puede ser computable, seguimos pensando el mundo que nos rodea justo con esos límites: todas nuestras teorías físicas que explican nuestro mundo son computables, y descansan sobre los sistemas matemáticos que sabemos lógicamente "incompletos", por decirlo informalmente.
  • Toda explicación sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y de nuestros sistemas nerviosos se basa en la física clásica, a pesar de que ya sabemos que necesitamos ir más allá para poder explicar nuestro mundo, tal y como nos cuenta la física cuántica. A pesar de ello, si nos limitamos a la mecánica clásica, nuestros intentos para hacer sistemas realmente inteligentes sólo podrán ir en la dirección de masificar los recursos empleados, utilizando millones de unidades en redes neuronales artificiales; y aun así, nada nos indica que, de esta manera, podríamos alcanzar algo parecido a una conciencia artificial.
Penrose es un científico total, y como tal, no se conforma con partir de estas premisas en su ensayo: dedica varios capítulos, densos y concienzudos, a plantear sus alternativas y explorar sus consecuencias. Por ejemplo, se recorren con profusión las relaciones entre computabilidad y el teorema de Gödel, y se habla de muchos experimentos y efectos cuánticos, algunos teóricos y otros comprobables empíricamente.

Si estas dos son las premisas de partida, ¿cómo llegamos a una explicación de la conciencia? Por ir directamente a la conclusión: hay unas estructuras en las células, los microtúbulos, de los que sólo conocemos con profundidad su función como unidades básicas del citoesqueleto, el armazón de las células. Sin embargo, tienen muchas otras funciones, como el transporte de elementos de la célula, y su participación en la mitosis y meiosis.


Pero, además, al parecer tienen una función específica en las neuronas, más allá de la estructural. Por ejemplo, se sospecha que el motivo de que haya tanta sustancias, químicamente muy diferentes, que sean capaces de afectar a la consciencia (pensemos en los anestésicos) viene provocado por su impacto en el citoesqueleto de las neuronas. Pero donde Penrose da el auténtico salto es cuando propone que la participación de tal citoesqueleto en las sinapsis entre neuronas a un nivel cuántico es la que, biológicamente, genera la "consciencia". Reconoce con humildad que tal afirmación supone la existencia de un salto radical a lo largo de la evolución de las especies, pero encuentra, en su criterio, más argumentos a favor que en contra de tal afirmación.

Y hasta aquí puedo afirmar. He disfrutado enormemente de la lectura de algunos capítulos sobre computabilidad, que refrescaron lo que estudié en la universidad, y también de otros capítulos sobre física cuántica, que me mostraron hasta qué punto supone un modo de pensar distinto sobre nuestra realidad. Pero también ha habido capítulos enteros que no me he sentido preparado para procesar, por conocimiento o por falta de tiempo.


Por eso dejo este libro, sin haberlo leído completamente, pero con una gran satisfacción. He aprendido muchas cosas nuevas, ha ampliado mi modo de ver el mundo, y me ha dado nuevas vías para seguir creciendo. Chapeau, doctor Penrose!

viernes, 27 de mayo de 2022

Trilogía Fundación de Isaac Asimov

Tras mi primera lectura de "Dune", de Frank Herbert, tenía claro que cualquier buena obra de ciencia-ficción, debería ser, ante todo, una obra de política-ficción. Con imaginación, empleando componentes sacados de la ciencia más futurista, planteando mundos posibles... pero siempre, con política. Y la Fundación de Asimov me ha reafirmado en este pensamiento.

No quiero destripar el argumento. Puedo decir que he disfrutado de su lectura, deseando volver al libro en cualquier momento disponible. Literariamente es un libro ligero que no explorar terrenos complejos lingüísticamente, ni profundiza en sus personajes. Curiosamente, me ha recordado mucho a los libros de historia de Asimov, especialmente "El imperio romano" y "La república romana", pues es fácil detectar el paralelismo entre el Imperio en la obra y la Roma histórica.

La edición que he leído aúna los tres libros de la Fundación en un solo tomo, bastante conveniente, y añade varias ilustraciones de calidad que tampoco aportan demasiado a la lectura.

Una pregunta que me queda es la siguiente: en 1951, cuando Asimov escribió Fundación, y describió una disciplina científica denominada "psicohistoria", ¿sabía del desarrollo de la Sociología en aquellos años, y del comienzo del uso de la Teoría de Juegos en la estrategia geopolítica? Probablemente sí, sabiendo que era una persona de una cultura enorme. Es fácil notar, por otro lado, cómo la psicohistoria es una especie de termodinámica de las poblaciones, en la que el comportamiento de los grupos humanos se analiza de manera conjunta, no individual, mediante procesos estocásticos... casi como si fueran gases.

Para acabar, he de decir que ningún libro de Asimov me ha decepcionado; al contrario, siempre salgo de sus lecturas satisfecho intelectualmente. Curiosamente, he leído más libros de historia de Asimov que de ciencia-ficción, pero ahora puedo decir que disfruté con Yo, Robot y la Fundación.

viernes, 15 de abril de 2022

El cerebro infantil y adolescente, de Rafa Guerrero

A partir de mis lecturas sobre genética e inteligencia artificial fui adquiriendo curiosidad sobre el cerebro y los últimos avances en neurología. Además, como padre de una niña de diez años, para mí era especialmente interesante conocer los puntos de contacto entre el desarrollo neurológico del cerebro y la educación. Así que, buscando, buscando, encontré varios libros en español que abordaban el tema de manera bastante directa. Y así fue como llegué a El cerebro infantil y adolescente.


He de conceder a Guerrero que ha logrado una obra muy accesible, que introduce de manera amable a un tema en el que, fácilmente, se podría en el academicismo. El libro está escrito para que su lectura sea fácil incluso en esos días en los que, agotado por los quehaceres diarios, parece que sólo puedes cenar y mirar una serie no brainer en la televisión. Por otro lado, una vez finalizada su lectura, te quedas con la sensación de que el enfoque se queda a un nivel superficial, esperando un poco más de desafío intelectual en su lectura.

Enumero aquí algunas de las ideas y hechos que me han parecido más relevantes:

  • El modelo de los cuatros cerebros (rojo, verde, azul y amarillo) me parece fácil de comprender y, sobre todo, de mantener en la cabeza y emplearlo en cualquier aspecto de nuestra vida.
  • La cronología en el desarrollo del cerebro nos ayuda a entender qué sucede en la mente de nuestros niños y adolescentes y, también, de nosotros como adultos. Me pareció curioso cómo el cerebro no está completamente desarrollado hasta los veinticinco años.
  • El rol de las hormonas en cualquier aspecto del crecimiento y comportamiento humanos. Creo que seguiré explorando esta línea de conocimiento, aunque me está costando separar el grano, buenos libros divulgativos, de la paja, libros fáciles de consumir a la venta en los kioskos de los aeropuertos. Seguiré buscando.
  • Los distintos tipos de memoria: ser conscientes de ellos nos permite separar diferentes procesos y comportamientos.
  • Y, finalmente, algo que sospechaba, pero que no había visto expresado de manera tan directa: cómo la educación infantil impacta directamente en el desarrollo neurológico del cerebro, a un nivel físico. Un niño que no crece en un ambiente de cariño, dedicado a su formación y crecimiento, no desarrolla su corteza prefrontal, el "cerebro amarillo", adecuadamente, haciendo que su "cerebro rojo", el dedicado a la supervivencia, tome el control.
Tras esta lectura, mi siguiente paso en ciencia se dirime entre tres posibilidades: genética, cerebro u hormonas. Veremos por qué me decanto.

viernes, 7 de enero de 2022

First on the rope, de Roger Frison-Roche

He vuelto a la literatura de montaña, animado por las opiniones positivas sobre este libro y las ganas, o necesidad, de leer una obra en inglés. First on the rope o, en español, El primero de la cuerda, es uno de los grandes clásicos de este género, a la altura de las crónicas de Rebuffat, Bonatti o Cassin.

Como breve sinopsis, Frison-Roche narra las vicisitudes del último miembro masculino de la familia Servettaz, Pierre, cuyo destino parece orientado a abandonar el tradicional oficio de guía de montaña del clan para dedicarse al menos excitante rol de gerente de hotel. Un fatal accidente de su padre, y otro sufrido por él mismo en la partida de rescate, abren un futuro incierto a una vocación total por la montaña contra la que todos los elementos parecen ponerse en contra.

No destriparé más de la historia. He de decir que la narración es brillante cuando se trata de los pasajes de alpinismo más emocionantes, llevándote a devorar una página tras otra; especialmente para aquellos practicantes de esta disciplina que puedan reconocer materiales, situaciones y  dificultades. Uno puede sentir en sí mismo ese disparo de adrenalina que estalla en el cerebro y encoje el estómago en cada paso en falso o presa que cede, y esa elipsis en la consciencia, los sentidos superados y la alerta máxima que te sobrecogen en una caída. Frison-Roche sabe de lo que habla, y sabe contarlo bien. Me gustaría conocer la opinión de otro lector que no tenga experiencia en escalada para saber si el autor es capaz de transmitir las mismas vibraciones: sería la prueba de que el libro está realmente bien escrito. 

En general no tuve problema con la lectura en inglés en los pasajes dedicados a la montaña, ya sea respecto al medio o a las técnicas y materiales de escalada. Fue más difícil en los capítulos dedicados a la vida en Chamonix o a las tradiciones ganaderas del valle, a las que el libro presta también atención para lograr una pintura completa de la vida de los guías del valle.

Para orientarme sobre recorridos, paisajes, escenarios, tiré del recurso que tenía más a mano, la guía de escalada de Chamonix de la editorial Rockfax. Esta guía es alabada y denostada por igual en los círculos montañeros: alabada por la producción cuidada, las buenas fotografías y la amplitud de contenido, y denostada por la falta de precisión en la descripción de algunas rutas. Honestamente, equilibrar ambas cosas es muy difícil y, personalmente, la guía me parece perfecta para conocer las posibilidades de toda la zona y decidir planes y logística. Una vez decididas las rutas, probablemente sea mejor investigar en guías más detalladas y en recursos en internet.


¿Lograré algún día escalar en estas montañas, que definieron el terreno de juego mitológico y emocional de este deporte? Parece difícil: complicado encajar planes, casi imposible encontrar a un compañero de cordada que esté en el mismo nivel y con las mismas inquietudes, ni más, ni menos. Espero lograrlo antes de que mis capacidades vayan mermando, algo que ya va proyectando su sombra en el presente en forma de lesiones que tardan en curarse y periodos de recuperación cada vez más largos. En fin, tengamos esperanza. De las tres veces que se sube una vía, al menos ya he hecho una en muchas de las de este libro: soñarlas.


 



viernes, 3 de diciembre de 2021

El mar, el mar, de Iris Murdoch

Otra referencia que me llega desde Twitter. Las alabanzas a Iris Murdoch, y a este libro en particular, me habían llegado desde varias fuentes, y sólo estaba esperando que me apeteciera de nuevo leer literatura para hincarle el diente.

El mar, el mar cuenta un periodo muy particular de la vida del dramaturgo Charles Arrowby, en el que, tras una vida de éxito y fama como director teatral, decide retirarse en soledad a una casona en la costa de Inglaterra. Unos capítulos iniciales, escritos como un diario, nos permiten conocer el egocentrismo y narcisismo de Arrowby a través de su propia introspección sobre su vida. De manera fortuita, aparece su primer amor de juventud, trastocando los planes de tranquilidad y soledad de Charles, que se obsesiona hasta la locura, llegando incluso a retenerla en su casa en contra de su voluntad. Durante todo el tiempo no dejan de pasar por allí antiguos amigos, amantes, y su primo James, una especie de antagonista con el que le une una relación de amor-odio. No quiero contar más para no destripar la obra; podéis encontrar una síntesis mejor en la Wikipedia: El mar, El mar.

El trabajo de descripción psicológica del personaje de Arrowby, en forma de permanente voz interior, roza la orfebrería. La minuciosidad en sus pensamientos, reflexiones, dudas, es abrumadora si uno piensa en el trabajo que tuvo que aplicar Murdoch para lograr un relato fluido, que resultara veraz y atractivo aunque fuera narrativamente masivo. Cuántos pensamientos puede tener una persona a lo largo del día, cuántas argumentaciones a favor y en contra de uno mismo, cuántas opiniones sobre los demás, sobre sus actos y, también, sobre sus supuestas intenciones. Tuvo que ser un esfuerzo titánico, de energía pero también de precisión. Me gustaría conocer cuánto tiempo le llevó a la escritora finalizar esta obra, y qué técnicas empleó para ello.

Si además tenemos en cuenta que el personaje, en sí mismo, es realmente una mala persona (y no estoy siendo naïve al describirlo así), hace que la novela gane mucho más en interés. Y no me refiero a que sea un psicópata, un asesino o un delincuente: sería otro tipo de obra. Es alguien que se pone a sí mismo por encima de todos, sin escrúpulos, manipulando, utilizando a los demás para satisfacción de sus propios intereses. También se puede ver por el otro lado: Arrowby es un fino detector de debilidades humanas, y es a través de ellas cómo consigue lo que busca sin importar el daño causado al prójimo. Allá cada uno con sus propios fantasmas. ¿Por qué entonces sigue teniendo gente a su alrededor, amigos, amantes, su primo James? Su personalidad magnética, y su capacidad para manejar a los demás hace que tenga "satélites" en todo momento.

Aunque me costó arrancar con su lectura, tras finalizar quedé muy satisfecho con "El mar, el mar", con el sabor de boca de haber leído una gran novela que atesora mucho oficio y mucho talento. Me guardo a Iris Murdoch para el futuro.

sábado, 16 de octubre de 2021

Escalada en Picos de Europa, 2021, con David Nadal

Volvemos a ser fieles a nuestra cita estival, nuestro pequeño paréntesis semanal de cada año en el que podemos dedicarnos al 100%, física y mentalmente, a esta pasión nuestra de subir montañas "por donde no es". Me gusta escribir estas crónicas pasado un buen tiempo porque así se destilan las cosas importantes que quedan de estas aventuras, que son, al fin y al cabo, las que nos empujan a volver.

Esta vez decidimos repetir Picos de Europa, pero cambiando de macizo: iríamos a subir Peña Santa, un antiguo sueño mío, y alguna actividad alrededor de Collado Jermoso. Inicialmente, contábamos con Álex para acompañarnos, y las escaladas alrededor del macizo del Llambrión parecían asequibles para todos.

Lo cierto es que todo el plan adquirió un tono más montañero que escalador, con largas aproximaciones, un par de vivacs, otras tres noches de refugio, y muchos metros de desnivel.

Esta vez todas las fotos están reunidas en un sólo álbum, 20210809-15 Picos de Europa con David.

Más o menos la cosa fue así:

  • Peña Santa de Castilla por Sur Clásica (600m, V+, croquis en Vía Clásica). Tras pernoctar en Vegabaño (lleno hasta los topes, aunque cenamos como reyes) después de la ruta en coche desde Madrid, empleamos la mañana en una aproximación sin prisa pero sin pausa a Vega Huerta. La tarde se fue en descansar lo posible huyendo de un sol de justicia, cuidando hidratación y alimentación, y visualizando la aproximación a la vía que haríamos sin sol al día siguiente.

Y así, fue: logramos poner el primer pie de gato en la primera presa a las 07:00 AM en punto, tras una noche prácticamente sin dormir, madrugón, desayuno, preparación y aproximación con frontales.

Desde el principio ambos escalamos con fluidez, sin prisa pero sin dudas, con pocas vacilaciones de orientación (alguna en la trepada por la canal hasta la chimenea). Ya tenemos oficio, y se nota: bebemos y comemos constantemente sin interrumpir el ritmo de la escalada, en las reuniones todo se realiza con diligencia, montando pocos líos con el material o las cuerdas, y en los pasos difíciles echamos ese punto de decisión que hace economizar un tiempo precioso.

Total: 6 horas y 30 minutos en hacer cumbre, mejorando bastante las 8 horas que teníamos previsto. Lo más bonito de la escalada fue el contexto que nos rodeaba, una montaña inmensa llena de picos, canales, placas, fisuras, chimeneas, neveros... un mundo en sí mismo. A nivel más técnico, el muro final de canalizos es puro disfrute: incluso empuja a buscar zonas menos evidentes para mantener el nivel de "pimienta" en la ascensión.

Tras la media horita de rigor en la cumbre mirando el paisaje, haciendo fotos y comiendo a gusto, bajamos por la ruta normal, la Canal Estrecha, que requiere buena dosis de orientación y habilidad montañera. ¡Más difícil es subir esta montaña en botas por la  normal que escalando con gatos! Empleamos las 4 horas que teníamos pensadas según habíamos estudiado croquis y reseñas. En La Forcadona tentamos a la suerte yendo por el último nevero, con la fortuna de encontrar una bajada a la rimaya en buenas condiciones.

Esa misma noche pernoctamos también en Vega Huerta y, al día siguiente, descenso a Vegabaño y desplazamiento en coche a Caín, donde nos alojamos en El Diablo de la Peña, un sitio donde siempre me ha gustado por lo cómodo y limpio del alojamiento, el servicio y lo bien que se come.

  • Vía de los Canalizos a la Torre de la Palanca (180m, V, croquis en Arcoguía). Esta pequeña joya era la que teníamos reservada para que Álex pudiera compartir cuerda con nosotros.

Tras dormir en Caín, dejamos el coche en Cordiñanes, previendo el descenso del último día desde el refugio, y cogemos un taxi que nos deja cómodamente en el Cabén de Remoña. Desde ahí, empleando la mañana sin agobios ni rodeos, llegamos a Collado Jermoso a la hora de comer. Como en el caso de Vega Huerta, aprovechamos la tarde para descansar y disfrutar del paisaje, aunque la masificación del refugio y sus alrededores le quiten bastante sentimiento a la cosa. Jermoso en verano es una constante romería, y las tiendas de campaña se multiplican cada año en cada mínimo rellano que pueda tener el collado. El grifo de cerveza no descansa en todo el día.

Al día siguiente, madrugamos relativamente, respetando el primer turno de desayunos, y al lío. Tras una aproximación incómoda por el acarreo de piedra, llegamos a la base de la vía sin problema. David abre la escalada por el desplome inicial con decisión y yo me hago el largo 2 por la famosa travesía, expuesta pero fácil. David vuelve a coger los trastos en el largo 3, el más disfrutón de la vía, y yo corono tras hacer el L4 complicándome la vida a posta en un pequeño desplome.

Está claro que nos quedamos con ganas de más. Podríamos haber seguido escalando por esos tubos de órgano y afiladas crestitas otros tantos largos, pero la vía se acaba ahí. Como complemento, nos subimos a la Aguja de la Palanca, en una escalada breve pero con su puntito: un solo largo de carácter más alpino, sin recorrido claro y roca de calidad dudosa. Una pena que no se aprecie mientras escalas el pasmoso desplome que hace la aguja contra la ladera de la Torre de la Palanca: probablemente unos 70m de caída a plomo sobre los que uno avanza sin darse cuenta.

Para redondear la jornada, nos hacemos los 200m que nos restan hasta la cumbre de la Torre de la Palanca, donde las vistas son espectaculares sobre los macizos central y occidental de Picos de Europa. Incluso me tiro el pisto de nombrar todos los picos que reconozco en un video 360º desde la cumbre.

Tras un buen ratillo disfrutando de las vistas, emprendemos la bajada. Como ya me pasó hace tiempo (Picos de Europa 2010 - D2 - La Palanca), no vimos un desvío brusco a la derecha que hace la vía normal al bajar, y avanzamos por una pedrera muy empinada e incómoda que finalizaba en un embudo que tuvimos que destrepar. Con el sol, el cansancio, el polvo y las piedras, la verdad es que fue una prueba de resistencia. A partir de ahí, en todo caso, todo era ya fácil hasta el refugio, donde pagamos con ganas la ducha y remoloneamos hasta la cena. Por supuesto, nos acercamos de nuevo a ver el atardecer contra el macizo occidental, aunque esta vez tampoco pudimos contar con el famoso mar de nubes. Increíble la presión de la gente por encontrar el mejor sitio: cada nuevo grupo que llegaba se ponía delante de los anteriores para mejorar la vista.

Ésta es la tercera vez que estaba en Jermoso, con la ilusión de repetir las mismas sensaciones que las dos ocasiones anteriores. Sin embargo, el nivel de masificación de todo el lugar, no sólo del propio refugio, sino también de los alrededores, estropeó la experiencia y, honestamente, me han quedado pocas ganas de volver por allí en breve. Ya veremos si repito cuando Isabela, mi hija, se anime a subir conmigo.

Finalmente, tras una noche de refugio (ruidos, ronquidos, toses... y más cosas), desayunamos y emprendimos la bajada, preciosa a primera hora de la mañana, hasta nuestro coche en Cordiñanes. Desde ahí, con una pequeña parada en Carrión de los Condes para comer, llegamos hasta Madrid.

Esta vez no tengo unas lecciones aprendidas claras, como sí las tuve en anteriores salidas. Las vías de escalada en sí mismas estaban dentro de nuestra zona de confort, y muchas cuestiones pequeñas estaban bien resueltas gracias a la experiencia ganada en las anteriores actividades. Quizá mejoraría alguna cosa respecto a la comodidad de los vivacs que hicimos en Vega Huerta, por descansar de verdad al 100%. Y está claro que tenemos que buscar desafíos mayores para seguir sintiendo esa emoción especial que nos hace querer meternos en problemas una y otra vez.

Como en años anteriores, ¡David, camarada, hasta la próxima en verano de 2022!